lunes, 8 de noviembre de 2010

Una historia,un pueblo...hoy la ciudad de Bernal !!!

El Pago de la Magdalena desde que Juan de Garay hizo distribución de las mercedes reales y determinó que las tierras al NE del Riachuelo de los Navíos eran para la agricultura y al NO de ese curso de agua para estancia de ganado, estuvo signada como tierra rica y productiva. Si bien los conquistadores españoles no estaban interesados en la tierra y sus riquezas, sino en encontrar oro o plata y hacer fortuna rápido para regodearse con la faltriquera llena en la corte de la Metrópoli. Los segundones que llegaron a América a poco de su descubrimiento no eran afectos al trabajo en el que tuvieran que doblegar la espalda y transpirar la frente. Sin embargo, luego sí hubo quienes si supieron ver el claro valor del suelo que hollaban.


La primera industria que cobró auge económico en el Pago de la Magdalena, a partir de 1815, fue la saladeril, cuando Roberto Taylor instala los saladeros La Materna y La Bella Vista que luego heredarían sus parientes los Clark. El primer saladero para exportación en la provincia de Buenos Aires lo había instalado en 1798 el inglés Agustín Wright próximo a la Ensenada de Barragán.

Los Clark llegaron al Pago de la Magdalena a comienzos siglo XIX. Pertenecían al grupo de paisanos ingleses que Wright convocó, para instalarse con fábricas de carne salada. Lo siguieron los Staples y los Mac Neal. Años después, el francés Pedro Duval se asoció con Juan Isidoro Clark con el mismo fin. Este, a su vez, relizó una nueva sociedad con Roberto Taylor y se casa con su hermana Agnes.

Entre 1815 y 1817, existió, simultanea a la empresa Taylor-Clark, una sociedad saladeril formada por Luis Dorrego, Juan N. Terrero y Juan Manuel de Rosas, llamada La Higueritas. El establecimiento estaba, aproximadamente, en el nacimiento del arroyo Santo Domingo. El casco se hallaría, donde hoy se encuentra el barrio La Paz.

El viajero, Xavier Marmier en 1850, hace esta descripción de una saladero:

“Hay en este establecimiento unos trescientos peones, divididos en diferentes grupos, según la tarea particular de cada uno. Mientras funciona el lazo, mientras el desangrador degüella, los carniceros -las piernas desnudas entre la sangre, hasta la rodilla- sacan el cuero y cortan la cabeza, y otros transportan la res sobre los rieles hasta unas mesas donde separan la carne del costillar para hacer el tasajo. Después, toda la carne es sometida a diversas preparaciones. Primero, ponen el tasajo entre la sal, más tarde lo colocan en los secaderos. En cuanto a los cueros, amontonados primero en salmuera, son extendidos después al aire libre. A los cuernos se les despoja de su envoltura escamosa y el resto va a las máquinas a vapor que les extraen la sustancia. El sebo se saca de las partes más gordas del animal; el aceite de quinqué, de las patas; el residuo de todo esto se vende como abono; los restos (tiras) de cuero sirven para hacer cola de pegar y todo se utiliza, hasta la más mínima partícula. Se trata de la más completa utilización del animal por la mano del hombre.”

Cuando el Ingeniero Charles Tellier demostró ante la Academia de Ciencias de París que las carnes podían conservarse en una atmósfera fría y seca, producida mediante la evaporación del amoníaco o del éter metílico, la industria saladeril comenzó a temblar. En 1876, en el navío Le Frigorifique, se realizó la primera experiencia de transportar a largas distancias carnes mantenidas a 0º C, según el invento de Tellier, a quien secundaron en sus experiencias un argentino, Máximo Terrero, y los uruguayos, Federico Nin Reyes y Francisco Lecocq.

Le Frigorifique recaló en Buenos Aires el 25 de diciembre de 1876 y se pudo constatar que las carnes después de permanecer casi 105 días en las cámaras frigoríficas se hallaban en perfecto estado de conservación.

La consecuencia fue que a partir de 1880 cayó las empresas saladeriles y la economía en el Partido de Quilmes y aledaños se volcó hacia la explotación agrícola-ganadera en las estancias aledañas al pueblo, chacras y quintas; con hortalizas, frutales, vides, etc. Los más fuertes agroganaderos fueron Leonardo Pereyra, Francisco Younger, Juan Clark, los Davidson, Wilfred Latham, Andrés Baranda, etc.

Wilfed Latham,, en 1866, había escrito “Los Estados del Río de la Playa, su industria y su comercio”, libro que ilustra a la perfección la explotación agrícola-ganadera de esos años, sobre todo, acerca del cruzamiento de ganado para obtener mejoras en carnes y lanas, etc. Los restos morales de Lathan yacen en el cementerio católico de Quilmes .

En 1873 en la quinta “La Regina”, 24 hectáreas propiedad de Fortunato Cichero, ubicada, aproximadamente, entre las calles Primera Junta, Derqui, Guido y la barranca, donde hoy se halla el Club Unión Familiar Sanford, se fabricaba champagne, con la idoneidad del técnico francés M. Dufresne. La producción se vendía en las confiterías y restaurantes de la Capital Federal. Luego se expandió creando una fábrica de dulces. Fortunato Cichero fue uno de los hombres e mayor poder adquisitivo del Distrito, tuvo una suntuosa residencia en la calle Hipólito Yrigoyen y Brandsen, donde en un primer momento, a poco de su creación, funcionó la Escuela N° 9.

En 1875, Andrés Rosso inició la producción vitivinícola en gran escala. Comenzó con 12 ha en Ezpeleta, en las zonas hoy denominadas Villa Augusta y Villa Sobral. Llegó a cubrir una extensión de 45 ha. Se cultivaba las variedades americanas resistentes a la filoxera. Luego se eligió la “Isabel”, la “Valenciana”, “Nebiolo”, “Frackenstall”, importadas estás últimas de Italia y Francia. Producía 560.000 litros de vino de alta calidad al año.

El diario inglés “The Standard , ese mismo año, presentó una artículo con el título “Handbook of the River Plate Republics” . Donde describe el Quilmes de esos años, que incluía los actuales partidos de Berazategui (San Francisco) y Florencio Varela (San Juan o Casa de Teja) La que se transcribe es la traducción del Dr. Craviotto: “Población de 6809 habitantes; es un suburbio encantador y de notable elegancia en sus residencias campestres, pintorescas vistas, frondosa vegetación y granjas modelo. La Cabaña de Wilfredo Latham cría caballos y ovejas que han ganado concursos. La Bella Vista es la propiedad con bosques de los Clark. Otra familia de origen escocés, terratenientes de arraigo, los Davidson poseen su hacienda llamada Santo Domingo (También tenían solares en el pueblo de Quilmes y un de ellos en Alsina e H.Yrigoyen, Juan Davidson lo dona para establecer la Sdad Italiana Cristóforo Colombo) El pueblo frente al Río de la Plata se enorgullece de sus encantadoras quintas, rodeado de pequeñas chacras; hay más de 100.000 acres de sembradíos. Las quintas de Bagley, Walker, Simpson, Bate… etc. son de suntuoso buen gusto. El pueblo tiene 1586 habitantes, elegantes plazas, tranvía y escuela con 220 alumnos… Entre los ingleses residentes se agregan las familias de James Brown (Berazategui) Dobson (o Robson), Drake (Gabriel Drake fue presidente del H.C.D. de la municipalidad de Quilmes en 1898), Yates, Younger, Hudson, Younger, […] El médico que atiende a la colectividad inglesa es el Dr. José Antonio Wilde… Muchos de estos eran productores agroganaderos y obtuvieron premios por la calidad de su producción como fue el caso de Wilfed Latham, Carlos Clark, Francisco Younger.”

En 1864 un norteamericano de origen inglés, Melville Sewell Bagley produce en Barracas al Norte un licor de la corteza de naranjas amargas cosechadas en su propiedad de Bernal que llamó Hesperidina. Bagley, tenía 26 años. Emprendió otras empresas en sociedad con otros quilmeños, como, por ejemplo, el tranvía a la Ribera.

Bagley era estadounidense, nacido en Bangor, Estado de Maine, el 10 de julio 1838. Llegó al país entre 1861 y 1862 como representante de una editorial, después trabaja un tiempo en una droguería. Murió en Buenos Aires el 14 de julio de 1880.

Una mañana de octubre de 1864 la ciudad de Buenos Aires y el pueblo de Quilmes se invadieron de intriga ante unos carteles que proclamaban Se viene la Hesperidina

Bagley estaba implementando los nuevos métodos comerciales usados en los Estados Unidos, creando una estrategia sorpresa, subliminal para dar a conocer su producto. Fue la primera campaña publicitaria que se hizo en la Argentina y empezó a comercializarla adjudicándole propiedades curativas. Hasta el Dr. Wilde en su libro Higiene Pública y Privada la recomienda como tónico salutífero.

Esta bebida espirituosa fue un éxito, pero comenzaron los plagios; a lo que Bagley alentó la creación del registro de marcas y patentes, y en 1876 la Hesperidina se convirtió en la primera patente nacional.

El nombre de la bebida de debe a las hespérides. Cuando los griegos recorrían el Mediterráneo, en las costas valencianas vieron el figurante dorado de las naranjas y creyeron que eran las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, las ninfas del ocaso, hijas del titán Atlas que tenían la misión de proteger el “árbol de las manzanas de oro”; y aunque eran amazonas que se cuidaban muy bien solas, contaban con la ayuda de un dragón de 100 cabezas, que no les sirvió de mucho, porque Heracles les robó las guardadas manzanas. De ahí tomó Blagley el nombre de su elixir espirituoso.

Hoy, la bodega Tres Blasones que dirige Fernando Freixas compró la marca Hesperidina, cuando la empresa Danone se juntó con Arcor y vendieron la fábrica donde la producían,

El Quilmero, fue medio gráfico que desde 1875 se ofertaba como “Periódico de intereses rurales”. En 1880 reforzó su calificativo como el “Periódico de intereses locales, agricultores e industriales”, acompañando el crecimiento y la transformación económica que vivía Quilmes